K a r f i b a f q u e n ... (((enverdecióse el mar)))
Papay usté me contaba que en sus tiempos no había diferencia
entre trabajo y arte, cómo era eso????
... uste va al bosque saluda a las plantas los arbolitos,
ellos te dan la bienvenida los observas y te dicen qué nutrientes tienen,
el momento en el cuál puedes despojar a la Tierra de ellos,
porque se necesitan mutuamente, sabes?
No es llegar y decir, a esta hueá me sirve me la llevo... no po,
pon las rodillas y las palmas de tu mano en contacto con el suelo, palpita?
no po, pero en el cemento no po... si no tení patio busca un monte,
si en tu ciudad no hay monte busca la periferia, ahí aveces hay bosques.
capaz que tengai que viajar un poco más de lo previsto.
Es que no se de dónde sacaron esa cuestión de amontonarse en bloques
de cemento. Es cómodo vivir así? ves la Luna por las noches?
aaah... sólo faroles?
y c o n q u é l e v a n t a u s t e d s u á n i m o v e c i n o ?
Por debajo de esa capa inerte hay algo tan mágico,
miseria es no reconocerte, tratar de no verte... siendo tan real.
agradezco este fuego porque impregna la calma igual
Es un momento de turbulencias en el mar meu peñi,
recién amanece y ya cae la noche oscura.
En las Tierras de mis ancestros a esta altura del año no se veía el Sol
ni por desgracia, ahora en e s t o s t i e m p o s
en pleno invierno tenemos días de verano...
Pero esto es para mejor:
La experiencia indica que debemos asumir las realidades
de una decadencia general en todo lo que, hasta ahora,
se ostentó como inconmovible.
Hay niños que han visto constelaciones estelares
i r r u m p i r e n ó r b i t a d e s d e l a T i e r r a
Tanguedia
Podría escuchar los pasos lentos
Tal vez el bastón
Podría ver la silueta en la ventana
Tal vez su rostro contemplativo
Podría necesitarme unos minutos
Tal vez quiere un tecito
La tengo que llamar
Para que esté tranquila
Para decirle que llego enseguida
Que no estará solita
Podría tan simplemente ser ayer
Tal vez le daría otro besito
Tan sólo uno antes
que la rueda gire
Y la carroza se lleve a mi viejita
Tal vez el bastón
Podría ver la silueta en la ventana
Tal vez su rostro contemplativo
Podría necesitarme unos minutos
Tal vez quiere un tecito
La tengo que llamar
Para que esté tranquila
Para decirle que llego enseguida
Que no estará solita
Podría tan simplemente ser ayer
Tal vez le daría otro besito
Tan sólo uno antes
que la rueda gire
Y la carroza se lleve a mi viejita
Fragilidad
Las primeras palabras siempre costaban un poco más. Debían ser exactas, perfectas, no había posibilidad de fallar. El camino debía ser mostrado desde el comienzo. Misión compleja para un joven que poco había visto con sus ojos abiertos como la tierra al cielo.
Si uno de los objetos no correspondía con el orden, con la ley revelada con el absolutismo de la convicción ciega, se producía una infamia y una drástica batalla entre la evidencia de lo mundano y la protección de lo sacro.
Las líneas de la acera no podían ser pisadas con el pie izquierdo. Mal augurio. Siempre apagar la luz del living al final. Adelantar el reloj siete minutos. Era preciso orinar, aunque sea un poco, en los lavamanos de los lugares que se visitaba. Conductas absurdas dirigidas con fervor a la consumación de una realidad pulcra.
Delirios que ocultaban la propia enfermedad, la veneración a la figura apolínea, del misterio propio de lo femenino. Mirada larga de tres minutos en el espejo, como las ninfas vislumbran sus rostros en el río. El agua sigue pasando desde el manantial, y su figura queda eternamente. La imagen sublime, el reflejo del mundo bello.
La pobre desgracia de ese florero alejado del centro de la mesa…
Hasta que una pérdida inesperada, un extravío sutil, lo llevó a rendirse. Sumido en la fragilidad de las ramas en el invierno, nunca se preocupó de arreglar los libros que misteriosamente se movían en la biblioteca. Ya no había caso en cocer los calcetines. Un lápiz bastaría para bajarle el volumen al televisor: el botón no volvería. La estatua tiene la cabeza cortada y la planta se secó hace unos minutos y algunos años.
Eso sí, guardaba cada cachureo y polvorienta alhaja que pasaba por sus manos, para atesorar con mayor cercanía el recuerdo, palpando la prueba misma que en un momento el recorrido parecía perfecto. Las cartas, algunos hilos de colores, las botellas de los perfumes y algunos bosquejos sobre tierras lejanas. Era tan joven como un ave matinal. Ahora, en una reja de oro contando las plumas restantes.
Por eso sentía que este viaje no sería perfecto, no habría ninguna novedad, tampoco una señal que lo hiciera volver al camino correcto. Ya la mente estaba viciada con la mediocridad de un mundo enfermo, dando vueltas sobre su mismo eje, tratando de morderse la cola. Las viejas canciones se gritaban con pasión, pero era un hecho que fueron escritas pensando en otra temporada.
El auto estaba en malas condiciones para la travesía, pero le daba lo mismo. Sentía que si esperaba el mejor momento, jamás llegaría. Tal vez porque nunca hubieron mejores tiempos, quizás porque abandonó la idea de que era el Elegido para retornar el florero al centro de la mesa. Ponerse frente al volante más bien tenía que ver con una libertad gestada en la voluntad, no en el convencimiento, muchos menos en la razón.
Jabón, algunas toallas, un desodorante, discos, linterna, manta, cuerdas de guitarra. Pensaba en todas las cosas que se quedaron atrás, pero en el fondo no veía las que estaban sobrando. Comprendería después que los mejores equipajes tienen poco peso y que los libros más profundos son de tapa rosca y hojas sueltas. Un vehículo en pésimo estado. En realidad, con todas las incorrecciones del tramo, podría haber una historia que se estuvo gestando de antes, un hilo que lo llevaba hasta ese lugar, hasta esa carretera, con las dos manos en el círculo, mirando de frente a la montaña sin importar la misión. Porque no había nada más que el fracaso, que la cruel necedad del destino, imbatible por la corrupción del ser.
“No te podría decir que me lo he encomendado, pero jamás podré librarme de los cigarros”.
“Convídame uno”.
Rendirse al vicio. Sacar la cabeza por la ventana y dejar que el viento sople fuerte la libertad, aunque sea una mezcla asquerosa de pastos quemados y estiércol de vaca. Si no somos santos, bañemos nuestra piel en el limo y jamás busquemos el reflejo del agua cristalina. Estamos todos sucios, podridos y soportando la transpiración ajena, el Sol que nos quema sin piedad.
“O sea, si todos estuvieran limpios, no habría necesidad de gente como yo”, indicaba mi abogado, estirando un cigarro Parisien. El maldito gustaba de fumar esa mierda que infectaba todo el auto. Ni siquiera tuvo la oportunidad de elegir a los acompañantes en esta odisea. Mejor mantener el final en suspenso, ver las cartas antes podría provocar una decepción que le haría girar las ruedas y volver a la cueva.
Pero qué más daba. Prendió el pucho de todas maneras. Al final, hay ciertas reglas que no se podían obviar: jamás terminar un capítulo de la historia sin fumar un poco.
Si uno de los objetos no correspondía con el orden, con la ley revelada con el absolutismo de la convicción ciega, se producía una infamia y una drástica batalla entre la evidencia de lo mundano y la protección de lo sacro.
Las líneas de la acera no podían ser pisadas con el pie izquierdo. Mal augurio. Siempre apagar la luz del living al final. Adelantar el reloj siete minutos. Era preciso orinar, aunque sea un poco, en los lavamanos de los lugares que se visitaba. Conductas absurdas dirigidas con fervor a la consumación de una realidad pulcra.
Delirios que ocultaban la propia enfermedad, la veneración a la figura apolínea, del misterio propio de lo femenino. Mirada larga de tres minutos en el espejo, como las ninfas vislumbran sus rostros en el río. El agua sigue pasando desde el manantial, y su figura queda eternamente. La imagen sublime, el reflejo del mundo bello.
La pobre desgracia de ese florero alejado del centro de la mesa…
Hasta que una pérdida inesperada, un extravío sutil, lo llevó a rendirse. Sumido en la fragilidad de las ramas en el invierno, nunca se preocupó de arreglar los libros que misteriosamente se movían en la biblioteca. Ya no había caso en cocer los calcetines. Un lápiz bastaría para bajarle el volumen al televisor: el botón no volvería. La estatua tiene la cabeza cortada y la planta se secó hace unos minutos y algunos años.
Eso sí, guardaba cada cachureo y polvorienta alhaja que pasaba por sus manos, para atesorar con mayor cercanía el recuerdo, palpando la prueba misma que en un momento el recorrido parecía perfecto. Las cartas, algunos hilos de colores, las botellas de los perfumes y algunos bosquejos sobre tierras lejanas. Era tan joven como un ave matinal. Ahora, en una reja de oro contando las plumas restantes.
Por eso sentía que este viaje no sería perfecto, no habría ninguna novedad, tampoco una señal que lo hiciera volver al camino correcto. Ya la mente estaba viciada con la mediocridad de un mundo enfermo, dando vueltas sobre su mismo eje, tratando de morderse la cola. Las viejas canciones se gritaban con pasión, pero era un hecho que fueron escritas pensando en otra temporada.
El auto estaba en malas condiciones para la travesía, pero le daba lo mismo. Sentía que si esperaba el mejor momento, jamás llegaría. Tal vez porque nunca hubieron mejores tiempos, quizás porque abandonó la idea de que era el Elegido para retornar el florero al centro de la mesa. Ponerse frente al volante más bien tenía que ver con una libertad gestada en la voluntad, no en el convencimiento, muchos menos en la razón.
Jabón, algunas toallas, un desodorante, discos, linterna, manta, cuerdas de guitarra. Pensaba en todas las cosas que se quedaron atrás, pero en el fondo no veía las que estaban sobrando. Comprendería después que los mejores equipajes tienen poco peso y que los libros más profundos son de tapa rosca y hojas sueltas. Un vehículo en pésimo estado. En realidad, con todas las incorrecciones del tramo, podría haber una historia que se estuvo gestando de antes, un hilo que lo llevaba hasta ese lugar, hasta esa carretera, con las dos manos en el círculo, mirando de frente a la montaña sin importar la misión. Porque no había nada más que el fracaso, que la cruel necedad del destino, imbatible por la corrupción del ser.
“No te podría decir que me lo he encomendado, pero jamás podré librarme de los cigarros”.
“Convídame uno”.
Rendirse al vicio. Sacar la cabeza por la ventana y dejar que el viento sople fuerte la libertad, aunque sea una mezcla asquerosa de pastos quemados y estiércol de vaca. Si no somos santos, bañemos nuestra piel en el limo y jamás busquemos el reflejo del agua cristalina. Estamos todos sucios, podridos y soportando la transpiración ajena, el Sol que nos quema sin piedad.
“O sea, si todos estuvieran limpios, no habría necesidad de gente como yo”, indicaba mi abogado, estirando un cigarro Parisien. El maldito gustaba de fumar esa mierda que infectaba todo el auto. Ni siquiera tuvo la oportunidad de elegir a los acompañantes en esta odisea. Mejor mantener el final en suspenso, ver las cartas antes podría provocar una decepción que le haría girar las ruedas y volver a la cueva.
Pero qué más daba. Prendió el pucho de todas maneras. Al final, hay ciertas reglas que no se podían obviar: jamás terminar un capítulo de la historia sin fumar un poco.
Las aceras temporales
La abuelita ya no estaba en la ventana, siendo testigo de la calle cuatro. Tampoco se encontraba Don Julio fumando un cigarrillo con los mecánicos, comentando el partido del domingo. Se esfumaron las piernas infantes corriendo tras el balón, no estaban las piedras que servían de arco. No se escucha la voz de los evangélicos, ni hablar del afilador de cuchillos y el organillero. Las hojas del otoño fueron pisoteadas antes del invierno, por los zapatos de almas que ya no están. Se han marchado los colores vivos y ha quedado una pena grisácea en la calle cuatro. Tú te has ido con los otros, yo aquí sigo, con vosotros.
Solamente las líneas que marcan el tiempo, me acompañan.
Luego se irán, a otra vereda.
Diferentes esquinas.
Ya te ibas,
Líneas
Con…
Tiem… po…
Luego se irán, a otra vereda.
Diferentes esquinas.
Ya te ibas,
Líneas
Con…
Tiem… po…
Despedida otoñal
Su risa me purifica, me limpia de este desastre alrededor. Los ebrios holgazanes y sus rituales de apareamiento bestial, moviendo sus reptilescas colas y lenguas en el ritmo de la estridencia. En cambio ella, simple y bella como una hoja, se desprende del árbol que la tiene atada a la tierra y despega con el viento en busca de la odisea divina.
La brisa me lleva su aroma de fruta madura. Cierra su boquita y levanta la vista un poco tímida, mirando con esos ojitos grandes. Parece que sentí mi mano cerca de la suya. La blusa resbala con sublime casualidad y desnuda su tierno cuello. ¿Dónde estará ese punto exacto donde limita con el mentón? Un deseo ardiente por conocer donde termina su espalda y comienzan sus curvas, donde termina su piel y comienza el vacío, donde termina su voz y aparece el silencio.
Grito tanto que la quiero que no me escucha. Ella acerca sus labios a mi oído, me susurra una promesa pero solo siento su respiración, el aire tibio que viene del centro de su cuerpo. Y se aleja tan despacio que duele. Se mueve graciosa, como una hoja de otoño.
El viento la lleva y ella le danza.
Su presencia se esfuma y el mundo se silencia sepulcralmente. Los carnívoros siguen bailando sin música. El sonido vuelve cuando exhalo una fumada de cigarrillo, cuando el humo se ha llevado la última huella de su aroma.
La brisa me lleva su aroma de fruta madura. Cierra su boquita y levanta la vista un poco tímida, mirando con esos ojitos grandes. Parece que sentí mi mano cerca de la suya. La blusa resbala con sublime casualidad y desnuda su tierno cuello. ¿Dónde estará ese punto exacto donde limita con el mentón? Un deseo ardiente por conocer donde termina su espalda y comienzan sus curvas, donde termina su piel y comienza el vacío, donde termina su voz y aparece el silencio.
Grito tanto que la quiero que no me escucha. Ella acerca sus labios a mi oído, me susurra una promesa pero solo siento su respiración, el aire tibio que viene del centro de su cuerpo. Y se aleja tan despacio que duele. Se mueve graciosa, como una hoja de otoño.
El viento la lleva y ella le danza.
Su presencia se esfuma y el mundo se silencia sepulcralmente. Los carnívoros siguen bailando sin música. El sonido vuelve cuando exhalo una fumada de cigarrillo, cuando el humo se ha llevado la última huella de su aroma.
Proyecto vital
"Escribamos el proyecto, tenemos fabulosas oportunidades"
"Excelente. Pero antes de comenzar, lo primero es lo primero..."
Un par de cigarros. Música de los años mozos. Otro par de nicotinosos. Un par de llamadas. Unas páginas virtuales. Unas lecturas junto a otros cigarros. Una breve siesta. Un mensaje de texto casual. Otro vinilo sonando. Antes de seguir las lecturas, ella responde.
Una ducha. Nueva ropa y perfume.
Una caminata. Tomar asiento en un local. Una cerveza y un cigarro.
Ella llega...
Se casan...
Y vienen los hijos con los nietos y los cuervos...
Y la muerte...
...escribe un proyecto de vida con fabulosas oportunidades.
"Excelente. Pero antes de comenzar, lo primero es lo primero..."
Un par de cigarros. Música de los años mozos. Otro par de nicotinosos. Un par de llamadas. Unas páginas virtuales. Unas lecturas junto a otros cigarros. Una breve siesta. Un mensaje de texto casual. Otro vinilo sonando. Antes de seguir las lecturas, ella responde.
Una ducha. Nueva ropa y perfume.
Una caminata. Tomar asiento en un local. Una cerveza y un cigarro.
Ella llega...
Se casan...
Y vienen los hijos con los nietos y los cuervos...
Y la muerte...
...escribe un proyecto de vida con fabulosas oportunidades.
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